¡Gracias, José Tomás! – Arte y Sensibilidad

Después del dramático episodio que ya todos conocemos, estamos a horas de la reaparición de José Tomás en la Feria de Julio de Valencia y el recuerdo de Aguascalientes estará presente en tan importante y emotivo acontecimiento. Vuelve el gran torero y con él su enorme orfeón de fieles que mantienen el corazón latente que se empeña pensando en que el ídolo se encuentre de pie. Aflora el sentimiento y queda la expresión única del mismo ante el señalado momento como lo hace tan sensible aficionada. Y aquí queda.

Por: María Ramírez Morones.

Todos los aficionados que hemos tenido la dicha de ver torear a José Tomás coincidimos en que las emociones que nos hace sentir son fuertes, llenas de verdad y permanentes. Todos tenemos una, dos, tres, o más de sus tardes grabadas en nuestra memoria.

Una de esas tardes para mí, fue la del 26 de Abril del 2008 en la Plaza Monumental de Aguascalientes. Como tantas tardes me encontraba sentada en la barrera de sombra con el gusto de tener de compañeros de localidad a mi padre y hermana. Solo esperábamos, unos más que otros, ansiosos, al llamado “Príncipe de Galapagar”. Y en esa tarde algo cambio para mí.

Solía pensar que del toreo no necesitaba más de nada. Sin embargo, hay tardes que el corazón se vuelve a iluminar y de inmediato agradece al cielo la oportunidad de haber escuchado una pieza más en la gran sinfonía del toreo.La tarde de toros no fue igual que las anteriores. El olor a puro y el calor del cemento sí estaban, pero había algo diferente, la expectación y los nervios no eran los mismos de siempre.

Se abrió camino del paseíllo y vi aquella figura que nunca anteriormente había apreciado. Un saludo al tercio, ¿Por qué no? Y el sonar ensordecedor de los aplausos empezó a abrir mi corazón con la esperanza de tener un recuerdo más para atesorar en mi memoria. Para eso vamos a los toros, en busca de lo memorable.

El clarín anunciaba al torero por quien todas las órdenes del cielo están agradecidas. Su enemigo saltó al ruedo, que sincrónico y desafiante melleva a Alberti: “¿De dónde vienes tú, gayumbo extraño, animal fino, corniveleto, rojo y zaíno?” El enigma mezquino.

Fue entonces cuando a lo lejos empezaba a escuchar la música tenue que no reconocía pero que poco a poco alegraba mi alma. Y mi corazón latía fuerte de asombro, y tan lleno de euforia que quise gritar por haber sido invitada a tan maravillosa fiesta, sorpresa que el destino me tenía preparada. Y una pausa fue necesaria para respirar profundo, pues esta sublime sorpresa no sería eterna. Por ello todos mis sentidos tenían que estar en los medios de la Plaza.

Algo dentro, en medio de oros y soles, me decidió a escuchar con más atención. De pronto escuchaba no el rugir estridente de las plazas de toros sino el canto diferente, de pasión lleno como de fuerza revestido, de las notas que van componiendo la bellísima y magna melodía que parece tocar solo para mí.

Porque el toreo es así, un susurro en el oído que causa estruendo en el corazón. Ahora me doy cuenta que las plazas cuando rugen, no son más que corazones agradecidos con el arte que se sucede en el ruedo, el irrepetible aparejo que los hace vibrar.

Pero hoy, el de Galapagar y la bestia, hacen música solo para mí, tocan para mí. Hoy mi grito de olé sale sobrando.

Entre ese calor de ahogo y la creación que envuelve viene el interrogante que alumbra para saber el autor, aquel director que disponía las notas de tan peculiar manera. ¿Quién era?

Lo conocía sí, familiar parecía y al instante sentí el reclamo de mi memoria por no haberle apreciado en otras tantas ocasiones. En medio del derroche y la algarabía me sentí triste. No volveré a decir que del Toreo no necesito más nada. Es ahora por el contrario, cuando le necesito en mucho y de todo. No importa que mi frente alta y mi legua larga diga en voz baja: “Bueno, de casi todo”.

Otra vez sentí mi alma bailando y mi rostro reflejando ineludiblemente la alegría de haber presenciado algo bello y extraordinario.

Recordé que el arte del toreo es el gusto y el placer reservado para quienes están dispuestos a verlo todo. Al humilde que es capaz de cambiar sus opiniones, esos que saben que en la plaza todo se dispone para llevar a carretillas la verdad hecha arte.

Nunca hubiera imaginado que tú, gran torero, monstruo de los ruedos, serías el indicado en recordarme la grandeza del toreo ¡Gracias José Tomás! Porque por esa tarde sigo toreando, soñando y esperando que del toreo siempre lo mejor esté por venir, que esa espera es la que me hace crecer como aficionada.

Que el tiempo del toreo es el que impregna eterna mi ilusión, el latido indeclinable e irreductible que me hace amar cada vez más la Fiesta.

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