ENSAYO - Amar a un Torero… Y disfrutar lo que en el guión no está puesto.

Su figura es la de un torero que se esfuerza demasiado. Su imagen en color, contrasta con el semblante frío. Tranquilo para liarse, alegre para vestirse… parece que casi nunca prisa tiene más que para que la corrida empiece cuanto antes.

Por: María Ramírez M.

Cruzando las rayas del tercio, el ágil caminar evade las flores que hoy adornan el dorado suelo.

Se detiene en el centro un segundo. Luego, acelerando el paso, llega al burladero un paso después que los picadores, el pulgar diestro su frente sostiene indicando con leve reverencia el saludo al Presidente.

Y así, el tan usado “cambiar la seda por el percal” tiene una dimensión nueva en lo absoluto.

Lances al viento. Que lentitud, que ritmo, que gusto, que… ya habrá tiempo de desgranar ovaciones que por liturgia no se rompen en este momento de ensayo, aun las ganas dicten otra cosa, que existen vanidosas y tradicionalistas formas que se han de guardar.

El cielo azul, una leve brisa refresca la plaza. Esta llena, ya la mayoría esta en la localidad que corresponde, porque hoy nadie quiere perder detalle. La tarde, de expectación en cartel importante, ganadería para disfrutarse y sol que declinante propone triunfar, refleja en la gente un jubiloso e ilusionante futuro que con sonoridad de rítmica ovación, comienza invitando a los toreros a salir al tercio previo a que el viento se rompa con el anuncio del que abrirá plaza.

Uno sale rápidamente con la montera en mano para recibir ya el cariño de la gente. Voltea y los otros dos aún siguen en el burladero de matadores, con claro ademán, les invita a salir antes de que las palmas se aburran, éste con timidez, recibe el cariño de la gente, con mueca, más que con sonrisa, dejándose querer con fría distancia.

Ahora, por fin, se anuncia el primero de los seis astados mientras, discreto, intercambia el torero miradas con su gente justo cuando toma respetuosamente su turno de alternante, ya que pocas veces es él, quien inicia la película.

Sale el toro, no es el suyo pero él atento. Una vuelta de galope, otra más.

Su compañero de cartel saluda al astado con un lance, con otro, con uno adicional cuando sufre un desarme. Rápidamente él salta al ruedo para defender por entero el ataque a su amigo, todo en orden, solo fue un susto y discretamente regresa a su trinchera.

Cuando salen los picadores, él ya esta con el capote elegantemente apoyado en la arena en el sitio que le corresponde, sus compañeros comentan mientras observan el primer viaje a varas, él no.

Él solo observa y el único diálogo que sostiene es en su interior. No hubo segundo viaje a varas, no hay quite. Pero ya está protegiendo la espalda al de plata que adornará con banderillas el morrillo del distraído toro, al que con un casi imperceptible toque del vuelo de su capote, ayuda a ponerlo en suerte.

Y el toro acude al encuentro del rehiletero. Se va el primer tercio, no hace mucho que estábamos en el paseo y él mantiene la mirada en donde acaecen  los hechos.

El primer espada toma la muleta. Dos ojos detrás de los tableros observan fijamente y saben que habrá faena. La plaza empieza a aprobar la actuación con los olés que van subiendo de decibel, es un faena propia del actor, él no la habría hecho igual. Por ello mientras la ve, se que va imaginando la faena que en esta linda y plácida tarde de toros quiere hacer.

Estocada en todo lo alto. Se pinta la plaza de pañuelos, hay premio para su compañero de cártel.

Así, mientras éste recibe el calor de la gloria, él, sintiendo ligero la presión pero más aún ilusionado, queda esperanzado a que el hermano del que acaba de morir y que es aplaudido y arrastrado, le ayude a construir la faena que sueña. Porque siempre, cada tarde, su disposición es absoluta hacía el triunfo, su ambición no se agota, su decisión y valentía son manifiestas.

Y cerca está el turno de demostrarlo.

Sale un toro con rápido galope levantando la humeante arena y no deteniéndose a rematar en las tablas, los parones que hace son para levantar la cabeza sobre las mismas.

Para no alargar más lo inevitable, con paso seguro él sale del burladero que lo ha protegido y con el capote llama al astado. Un negro de buenas hechuras, cornivuelto, bien puesto, astifino y reunido de pitones.

Le recibe pero no hay limpio vuelo y suelta incluso una esquina del capote. Rápido rectifica su posición pero la embestida agresiva no permite estética alguna más que solo efectividad en sus lances. Mientras él sigue probando, ahora en el centro del ruedo. Los picadores ya cruzan la puerta de cuadrillas.

Y con característica tranquilidad espera a que tomen su lugar los actuantes de este tramo de lidia, ya todos en su lugar. Extendiendo su capote para hacerse ver con el toro, lo cita, acude alegre y con linda estampa, acomoda al toro para que reciba la vara. A penas rompe pelo y el picador ya ha levantado la puya.

Y la historia me recuerda que cuando solicita tan poco castigo es porque ve posibilidades para lucir y gustarse. Y mi corazón sonriente ya espera faena.

Observa tranquilo, espera sosegado. Despacio, todo envuelto en aire de gracia, igual que en otras tantas tardes, se dirige a donde parece estar más cómodo y confiado: al centro del ruedo, a pleno campo abierto.

Un peculiar timbre de voz, que no corresponde con su persona, llama al toro que le esta esperando. Pasados segundos, el de negro se arranca, llega el encuentro y en giro contrario al viaje del toro, una bella y justísima chicuelina nos regala en diáfana estampa. Con elegante ajuste colocado queda para otras tantas añadir, quizá más gracilmente con su remate.

Los olés, siendo ensordecedores, aun se oyen, aun resuenan.

Pronto y exacto el diálogo con su cuadrilla. El banderillero ya esta en sitio para colocar el primer par. Tercio correcto y rápido él ha observado fijamente, sin prisas. Conste que a mi me ha pasado a una velocidad de vértigo.

Ni siquiera he reparado ver el recorrido del toro. Pero qué he de saber yo… Un tierno beso al vaso de plata antecede al momento de tomar el agua que le refresque previo a recibir de su gente de confianza muleta, montera y ayudado.

El toro ya esta cerrado en el burladero indicado y después del solemne permiso a la autoridad, entrega el tocado a su mozo, en señal de guardar dedicatorias. Muleta armada, apoya su codo en las tablas, llama al toro que agresivamente acude a la invitación. Pasa con la cara arriba, de regreso otra vez pero en un segundo su rodilla está en tierra para trazar plásticos y largos pases de tanteo como el necesario prólogo de la faena, imperativos para afinar y ajustar todo buen instrumento.

El toro se queda, tal como quedan de la música los instrumentos, fijo y en la quietud de la afinidad musical antes de proseguir el siguiente movimiento de una obra, ese momento es el que él aprovecha para caminar hacia otro terreno.

El inicio ha sido difícil, pasa violento, no baja la cabeza. Él lo templa y con mando de muñeca lo obliga a pasar por dónde quiere, aún a media altura. Hay tres pases por la derecha que por su firmeza a fin de ligar, los ha convertido en tanda.

Ya entonces el toro se convence en ser llevado por el adecuado ritmo donde enganchones de muleta no existen.

La embestida es agresiva sólo busca arrollar para quitar de su camino todos los obstáculos que encuentre. Y considero que su actitud de temeridad no es necesaria, pero ahí está, no se quita. Gran valor expresado y mostrado cada pase que embebe al toro sin descomponerse ni descomponerle, el toro está acudiendo hacía donde nadie pensó que podía acudir. Porque el toque es hipnótica invitación a seguir la estela roja de la muleta y es su muñeca la que le dicta llevarle hasta allá.

Qué emoción ver esto, qué clase de torero, quQue pasaitan: “sácalo más”,  “¿qquero: é manera tan soberbia de aguantar y desahogar.

El toro obligado y aliviado ha ido al capricho del arte del torero,  quien nunca lo  deja y nunca lo cansa retornando otra vez a su astifina cara. Y no hay mejor forma para decirlo que acudiendo a Barquerito: “Sutil salida al paso luego de soltar al toro. Pues una de las cosas mas bellas de su toreo es justamente su manera de irse del toro”

Bien lo sabe Don Ignacio, El Barquero: “Tan difícil es saber llegar como saber irse”.

Han sido pases suaves, bajos y templados. La nueva tanda después nos sorprende con un cambiado por la espalda que nos ha tenido nerviosos a todos, menos a él. Su valor es innegable, dura y vale. Es el valor lo que taurinamente se traduce en inteligencia, en el planteamiento claro de una faena.

Porque sus obras todas llevan la marca de la verticalidad, la autoridad y el temple. El toro no siempre es el propicio para el triunfo. Varias veces, muchas más de las que yo quisiera, el toro presenta excesivos problemas que para cualquier otro sería difícil resolver. No para él.

Y se que nunca faltará en el tendido mis odiados entendedores que con su sarcástico y repetitivo tono de autoridad, gritan: “Sácalo más” o  “¡¿Qué pasaría si te acercas al toro?!”

Por su mecha, tan corta, tan pronta, mi carácter pasional rápidamente destapa su coraje y sin paciencia empero, desapruebo tan absurdas manifestaciones de “afición”. Quisiera cruzar el tendido para callarlos, para invitarlos a disfrutar, en lugar de desacreditar; pero de nada servirá.

Está por culminar la faena, tras cruzarse el azul del arte y el rojo del reclamo.

Centro del ruedo, el toro pide una última serie; abajo, muy abajo; templado, muy templado natural. Entre confusión de un olé ahogado o un frenético aplauso, el público deseoso espera más. Y con tranquila sencillez remata por abajo. El toro sigue, pero ya cansado atiende generosamente  al larguísimo pase de pecho, clamor en los tendidos.

Deja respirar al negro toro. Se va de su cara con una cómplice sonrisa, no sin antes agradecer con una suya demostración, tocando el testuz dos veces con la de verdad.

Las propias manías para acomodar al toro, para ejecutar la suerte suprema, el tiempo parece hacerse más lento desde que toma el estoque hasta que se presenta frente al toro. Otro instante eterno para adivinar con movimientos del hombro la dirección de la espada. A la salida del trance es cuando con elegantes y delicados abaniqueos busca descubrir la muerte y abrir el corazón del negro toro. Repetir lo hecho…

Finalmente herida de muerte, colocación trasera pero sus efectos serán fulminantes. El toro resiste a yacer en la arena pero acertado es el descabello.

Él con su parsimonia acostumbrada camina al centro de la plaza justo cuando suenan fuertes las palmas y sonoros los vítores aprobando del diestro su actuación.

Con firmeza y seguridad pañuelos blancos entre el tendido solicitan premio, pero no es concedido, y las palmas son opacadas por rechifla. Hoy las estadísticas no subirán pero sí el orgullo, porque ha sido una faena intensa, emotiva, imaginadora e imaginativa de que, pese a todo, los toros mejores de lo que son, pueden ser.

Porque nunca es fácil torear como él torea, ni andar como él anda.

Y por eso su rostro no tiene reparo en manifestar su malestar, un golpe a las tablas es el remate perfecto para dar salida a un disgusto. El público lo invita a salir del burladero, él como si tal cosa, se vuelve a apoyar en las tablas para ver la continuación de la tarde, pero aun él publico solicita su salida.

Su interés en dar una vuelta al ruedo si no lleva en sus manos los premios es casi nulo. Pero a pesar de su disgusto en hacerlo, el clamor de las palmas le obliga y así recibe gratitud, cosa rara, cariño y admiración de muchos de los que hoy nos encontramos. Y por una vez la sonrisa es también de él, convencidamente.

Y en esa tarde, una tarde de faena improvisada pero con autoridad, fue que algunos ovacionamos esfuerzo, templanza y cabeza de torero con un claro cruce de miradas, la mía y la de él, que agradeció mi ovación de pie.

Desde ese día, aun más que antes, abrazo de manera tan soberbia mi afortunado gesto y mi decidido gusto, que claramente no es para cualquiera, pues mientras unos no ven diferencia entre el despliegue de tan gran torero, muchos más, ven un sinfín de momentos para apuntes de Maestro.

La tarde siguió y terminó, todos cumplieron y con estilos particulares nos han hecho disfrutar pero a mí me ha hecho taurinamente gozar uno más que los otros, he disfrutado más de él, a él que he visto ya muchas tardes, muchas de triunfo pero jamás de fracaso…

Para muchos es un alternante que completa cartel, para algunos dice poco en el ruedo. Sin embargo, para otros dice mucho y para otros tantos más, es un torero que se  disfruta, se vive y se siente cada tarde diferente a la anterior.

Estos últimos, somos los que nos gustamos en apreciar su estilo y así reconocemos una faena, un arrimón o una lidia perfecta; nos deleitamos con su sangre fría que lo invita a arrimarse cada vez más y con su sangre caliente que siempre le hace transmitir la mejor emoción.

Porque cada tarde nos afirma que él es así y no puede ser de otra manera.

Cada actuación, con un paso grande o con un paso pequeño pero siempre firme en ambos casos, nos acerca a su tauromaquia, compendio que no está ni próximo a agotarse. Y en mí, aficionada, alimenta esperanza, la contemplación de la faena que quedará grabada en oro. Cada tarde me acerca más y aunque el trayecto aun es largo para alcanzar ese final feliz, disfrutando cada tarde, lo acompaño.

Una verónica, llevar o salir del caballo, indicación a la cuadrilla, un toque, una chicuelina, el inicio de un faena a campo abierto con el péndulo o cerrado y sentado en el estribo.

Un natural, con esa manera tan suya de librar embestidas agobiantes, sus desplantes paradójicos de lanzarle un beso al toro, una estocada, su humilde reacción para recibir los premios, su manera de abandonar la plaza… Todo con un sello único, con el corazón latente de un torero con algo más que el “oficio” de estar en figura.

Algunos solo verán lo que le corresponde como alternante, pero otros verán sutiles y claros detalles durante todo el festejo, pequeños detalles con los que participa para intentar dejar su sello en esta tarde de toros. Porque para él cada tarde es tan importante como la anterior o la tarde que le sigue.

Un placer entender y disfrutar a un maestro tan peculiar, en la que refinado cada tarde, muestra y demuestra su “impasible temeridad” y, según las circunstancias lo soliciten, nos interpreta su tauromaquia de verdad, estando siempre por encima del toro, de la situación.

Sin necesidad de defensa, ni explicación, por el puro gusto de decirlo en voz alta, afirmo, varios más afirmarán, que Sebastián Castella es un gran torero.

Castella persevera y, no es que alcance, sino que asombra, no aburre; nos invita con su paciente calma a esperar por la faena que soñamos verle. Nos refresca la afición a tan hermosa fiesta, nos recuerda que la inventiva y la lucidez toreras están lejanas a terminarse.

Y por eso yo, junto con otros más, mañana regresamos a la plaza de toros.

 @MariquitaRmz

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